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Anticipo del libro "La letra del óxido" de poesías-esculturas

  • Foto del escritor: Gastón Varela
    Gastón Varela
  • hace 4 días
  • 4 min de lectura

Actualizado: hace 17 horas


Gastón Varela nació en Ramos Mejía (Buenos Aires) en 1974. 

Narrador, poeta y escultor. Es bachiller en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires. 

Algunos de sus libros son: Jardín de sal, La espalda del sueño, El brazo por caer y Un ocaso indefinido

Realizó el guion de las películas Ahí viene y Álbum blanco en tiempo negro. También es autor del ManifiestA interINdisciplinario. Las poesías-esculturas que presentamos forman parte de su libro La letra del óxido, de próxima publicación.


GASTÓN VARELA



ÁFRICA
ÁFRICA

28 x 76 x 7 cm (hierro)



ÁFRICA



El pie engrilletado de una mujer

golpea contra el clavo de un poste

del puerto sin retorno

en Ouidah.


Su quejido es débil

y el dolor adormece más lo adormecido

de una carne que sangra hace rato

caminata de días.


Da un paso más 

pero el desmayo le apaga todo

y enciende el alboroto en la fila 

que frena su arrastre.


Cuando la mujer se despierta 

ve su pie desgarrado

la piel abierta por el clavo 

como una boca.


También ve la llegada de los golpes 

y siente el chasquido en la piel de todos

mientras uno de los blancos 

se acerca con una llave para sacarla de la fila

y separarla unos metros.


Queda tirada.

Inmóvil.


Entre los negreros 

se abre una discusión seguida de silencio

cuando la fila reanuda el andar forzado hacia los barcos

pisando por última vez esa tierra 

entre ruidos metálicos y latigazos.


La mujer que quedó aislada

en espera de cruzar la Calunga con el resto

o ser desechada por inútil para la venta

toca la tierra y piensa en Olodumare

siempre sin imagen para las preguntas.


Perdió parte de su familia

con el secuestro de los días pasados

en la aldea.

Y por su pie en reguero

puede perder esa parte de la parte capturada con ella

dos sobrinas

que extrañamente no le quitaron en la caminata 

pero ya fueron subidas a un barco 

tras ser obligadas a dar siete vueltas al Árbol del olvido

como todos.


Postrada invoca a Iemanjá.

Entonces oye el mar.


Aunque no le queden fuerzas

no va a permitirlo.

Por eso detiene el llanto 

y se abre de brazos

de cara al sol. 

Y grita

grita

grita…  









EL OMBLIGO MACUMBERO DEL TANGO
EL OMBLIGO MACUMBERO DEL TANGO

20 x 15 x 6 cm (alambre y adoquín de madera)




EL OMBLIGO MACUMBERO DEL TANGO



Se criaría en tierra extraña el tango macumbero, 

barro que iba para adoquín de piedra o de algarrobo: 

barrio del tambor.

Hijo pardo de La Monserrat, del candombe y del mondongo, 

nacería manchado de domingos 

entre la mierda y las azucenas en flor.

Allí bailaría meta ombligos y descalzo 

un refriegue de achuras que nunca conseguiría 

conjurar el vacío;

al igual que su primo hermano de la ombligada 

que era semba y sería samba, 

pero sin pañuelo de rocío.


Habitante del tiempo mixto de tambores y payadas 

y de fiestas en ristra 

que iban para racha,

sabía que los lunes bien entrada la mañana 

hasta la virgen morena dormía 

sus máculas borracha.

Es posible por eso que el tango macumbero 

haya mecido al Niño negro de madera 

en intemperies sin panteón: 

total, no sería el único acunado bajo las estrellas 

a las que siempre desoídos 

todos rogaban piedad y abolición.


Y porque conocía de bodegas y grilletes en barcos negreros 

y de cubiertas donde se suplicaba 

a esas mismas estrellas 

es que no olvidaría el cruce forzado de la Calunga grande, 

ni el desecho de los cuerpos, ni la pérdida 

del lenguaje y las huellas.  

Por eso, sabiéndose vida nueva aquilombaba 

en tierra que quiso suya pero ya era desde antes 

diáspora mistonga

enfardó el tambor exusíaco en el bordoneo paisano y blanco 

pero persistió en llamarse tango 

y bailarse por milonga.





LAS SOMBRAS DEL DESTIERRO
LAS SOMBRAS DEL DESTIERRO

30 x 15 x 10 cm (alambre, clavo y madera)





LAS SOMBRAS DEL DESTIERRO



Ya no son los mismos que partieron.

En nada de lo que les queda lo son. 

Y a cada paso pierden más.


¿Se puede dejar atrás otra cosa después de perderlo todo?

¿Quiénes irán a ser?

No hay respuesta.

Caminar.

¿Volverán a someterlos?

Seguro.

Caminar, caminar...

Soportar todo por sobrevivir.

¿Sólo sobrevivir?

O no sólo.

Y pelear hasta sin puños 

ni voz.


El tránsito, el tráfico, el destierro…

¿Cuáles pedazos quedarán de todo lo roto?


La diáspora muele la carne

y la hambruna se vuelve intragable.

Pero siempre continuar,

aunque nunca soportar la vida sea matar la muerte.

¿Por qué el viejo conatus se renueva?

Perseverar porque vivir.

Porque sí.


La pregunta cotidiana es tragada como cucharada de tierra 

entre la sombra que es miedo y escondite,

entre la sombra hurgando una esperanza de piedra,

con o sin puños,

con o sin voz.


Pero hay preguntas que no esperan contestación.

Se abren a cuchilladas para salvaguardar lo último que quede.


Los pájaros no se resignan a perder el sabor del vuelo.



MEMORIA DEL PESCADOR
MEMORIA DEL PESCADOR

35 x 52 x 2 cm (alambre)



MEMORIA DEL PESCADOR



Desaparecido el mar flota en la noche.

Sin oleaje no hay movimiento,

tampoco partida ni destino.

Todo zozobra.


Está en su bote.

Lo conoce más que a sí mismo.

Sentado sobre redes de sal

intenta recordar otras navegaciones.


El tiempo fue oxidando los hechos,

que se deshacen apenas los roza la memoria.

Pero de alguna manera los hechos siguen en sus manos.

Piel de memoria.

Trabajo encallecido.  

Un modo de haber algo.

Un modo de llevarlos consigo.

Letras de óxido. 

Aunque al otro lado de esa piel no haya nada.

Aunque de este lado tampoco.


El tiempo come todo, pero quedan sus dientes.

Letras de óxido.


El pescador busca algún amarre.

Sabe que el riesgo del agua no es culpa del pez.

Se rasca la cara y despliega los ojos.

Queda cielo nada más.


Mueve un pie. 

A su lado los remos primigenios.

Tac tac.

Recuerda que en el borde de su bota guarda un anzuelo. 

Sido de su padre.

Legar el legado.

“Nunca pescar las estrellas”, 

fue lo otro que recibió junto al anzuelo.

Cada bote es sombra de una de ellas.


Tampoco la noche puede masticar sus propios dientes.


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